jueves, 5 de octubre de 2017

Texto

Buenas tardes, estudiantes, este es el texto que deben llevar mañana viernes 6 de octubre, para la clase.




CENTRO EDUCATIVO SAGRADA FAMILIA DE NAZARET
TALLER DE COMPRENSIÓN DE LECTURA
La abuela

Me voy de compras al pueblo —le dijo a Jorge su madre, el sábado por la mañana—. Así que sé un niño bueno y no hagas travesuras.
Es una tontería decirle a un niño semejante cosa en cualquier ocasión. Inmediatamente le hizo pensar en qué travesuras podría hacer.
—Y no te olvides de darle la medicina a la abuela a las once —dijo la madre. Después salió, cerrando la puerta tras ella.
La abuela, que estaba dormitando en su sillón, junto a la ventana, abrió un ojillo malicioso y dijo:
—Ya has oído a tu madre, Jorge. No olvides mi medicina.
—No, abuela —dijo Jorge.
—Y trata de portarte bien, por una vez, mientras ella está fuera.
—Sí, abuela —dijo Jorge.
Jorge se moría de aburrimiento. No tenía hermanos ni hermanas. Su padre era granjero y la granja estaba a kilómetros de cualquier sitio habitado, así que nunca había otros niños con quienes jugar.
Estaba cansado de contemplar cerdos, gallinas, vacas y ovejas. Estaba especialmente cansado de tener que vivir en la misma casa que aquella vieja gruñona de su abuela. Quedarse solo cuidándola no era exactamente el modo más apetecible de pasar la mañana del sábado.
—Puedes prepararme una buena taza de té para empezar —le dijo la abuela a Jorge—. Eso te impedirá hacer barbaridades durante unos minutos.
—Sí, abuela —dijo Jorge.
Jorge no podía evitar que le desagradara su abuela. Era una vieja egoísta y regañona. Tenía los dientes marrón claro y una boca pequeña y fruncida, como el trasero de un perro.
— ¿Cuánta azúcar quieres hoy en el té, abuela? —le preguntó Jorge.
—Una cucharada —dijo ella—. Y sin leche.
La mayoría de las abuelas son señoras encantadoras, amables y serviciales, pero ésta, no. Se pasaba los días enteros sentada en su sillón junto a la ventana y estaba siempre quejándose, gruñendo, refunfuñando y rezongando por una cosa u otra. Ni una vez, ni siquiera en sus mejores días, le había sonreído a Jorge o le había preguntado: «Vaya, ¿cómo estás esta mañana, Jorge?» o «¿Por qué no jugamos tú y yo a "La Oca"?» o «¿Qué tal te ha ido hoy en el colegio?». Al parecer, no le importaba nadie más que ella misma. Era una miserable protestona.
Jorge fue a la cocina y le hizo una taza de té a la abuela con una bolsita. Puso una cucharada de azúcar y nada de leche. Removió bien el azúcar y llevó la taza al cuarto de estar.
La abuela dio un sorbito.
—No está lo bastante dulce. Ponle más azúcar.
Jorge volvió con la taza a la cocina y añadió otra cucharada de azúcar. Removió otra vez y se la llevó cuidadosamente a la abuela.
— ¿Dónde está el platillo? —dijo ella—. No me gusta tener una taza sin su plato.
Jorge le trajo un platillo.
— ¿Y qué pasa con la cucharilla, se puede saber?
— Ya te lo he removido, abuela. Lo removí bien.
— Prefiero removerlo yo misma, muchas gracias —dijo ella—. Tráeme una cucharilla.
Jorge le trajo una cucharilla.
Cuando el padre o la madre de Jorge estaban en casa, la abuela nunca le daba órdenes de esa manera. Solamente cuando le tenía a solas empezaba a tratarle mal.

                                                                         La Maravillosa Medicina de Jorge. Roald Dahl

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